Libro vs Película – El buscavidas

Libro vs Película - El buscavidas

Para contar una historia, y lograr que sea lo suficientemente digna para que el respetable no apague el televisor o cierre el libro, se requiere tanto de una narración fluida y unos personajes carismáticos, amén de un marco atrayente. Si una de las tres falla, el castillo de naipes podría caerse. Y el entorno, el paisaje, puede ser decisivo, en especial si hablamos, como hoy me atrevo a aventurarme, de una historia con temática deportiva. Hay películas sobre béisbol, boxeo, fútbol, carreras, quidditch (sé bien que no, pero es mi pequeño grito de suplica, dejadme soñar) e incluso ajedrez (no, ésta no me la estoy inventando, echad un vistazo a la película de 1993 “Buscando a Bobby Fischer”: altamente recomendable). Son películas que, si bien son atractivas para los aficionados a cada deporte, es posible que un neófito se aburra mortalmente.

Mi interés para con este tipo de historias, ya sean ficticias o reales, plasmadas en el papel o en el celuloide, raya el cero absoluto. Pero he de reconocer que me he tenido que tragar mis propias palabras con auténticas obras maestras como son “Invictus” (2009) 0 “Karate Kid” (1984). Ni el boxeo de “Rocky “(1976) o Toro Salvaje (1980) me atraen, el fútbol de “Quiero ser como Beckham” (2002) tampoco. Por ello, suena extraño que me guste, no una, sino dos y un libro, sobre el billar. Me refiero a la novela “The Hustler” y a su versión fílmica, ambas traducidas en España como “El Buscavidas” (no me olvido de “El color del dinero” libro y película, pero merecen otro análisis aparte).

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Escrito por Walter Tevis y publicado en 1959, nos narra en “El buscavidas” las peripecias del joven, atractivo y totalmente pagado de sí mismo Eddie “el rápido” Felson, un buscavidas con un don innato tanto para jugar al billar como para beberse media Escocia en whisky. Junto a su socio y padrino, Charlie, se dedica a recorrer las salas de billar y locales de EEUU jugando y timando a los pobres diablos que se dejan. Pero Eddie, poseedor de un ego con código postal propio, y sabedor de su maestría con el taco, se dispone a retar al que llaman El Gordo de Minnesota, en Chicago, uno de los grandes del Circuito.

Como no podía ser de otra forma, el Gordo barre el suelo con Eddie, ganándole prácticamente todo lo que tenía tras una sucesión de partidas durante más de 25 horas. Con la firme idea de conseguir de nuevo el dinero suficiente para volver a retarle, se separará de Eddie, siendo apadrinado por Bert Gordon, una figura la cual se llega casi a demonizar. Con la inserción de una mujer insomne y tan alcohólica como Eddie terminan de formar los cimientos de la historia.

Pero que no os engañe el tono desenfadado, pues sorprendentemente, no estamos hablando de una comedia sobre un alegre pateabillares (que también), sino que estamos ante un drama muy bien camuflado hasta bien entrada la historia. Pero lo que consigue el libro de Tevis con un ritmo narrativo acorde con el momento de la acción (imprimiendo sabiamente la atmósfera del momento en sus frases) y capítulos cortos (que dan la sensación de estar avanzando rápidamente), lo logra la película con una perfecta puesta en escena y un espléndido Paul Newman. Un Paul Newman que en ese momento era el arquetipo del guaperas desmalla-mozas con una prometedora carrera , y “El buscavidas” le encumbró un poco más.

Volviendo a la novela, en sus apenas 150 páginas, el autor no solo crea unos personajes bien definidos, además impregna el texto con términos del mundo del billar, sumergiéndonos en él de forma natural, transformando lo que podría ser una enumeración tediosa de bolas golpeando otras en un interés creciente en saber cómo acabará la partida.

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Pecaría de descuidado si no reconociese el valor y buen saber del director Robert Rossen cuando la estrenó en 1961. Ya acostumbrado a dirigir a grandes astros de Hollywood como Gary Cooper y Rita Hayworth en “Llegando a Cordura” de 1959, y que aquí además cuenta con el grande, en varios sentidos, Jackie Gleason en el papel del Minnesota Fat. Ambos, Newman y Gleason, derrochan maestría en colar las bolas en las troneras, realizando ellos mismos todas las jugadas de la película y obrando tiros realmente sorprendentes.

De la misma manera, no puedo dejar de remarcar la actuación de George C Scot , quien diera vida al General Patton o al pasado de vueltas General ‘Buck’ Turgidson en “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú” (1964), y que pasa a subvencionar las partidas de Eddie (a cuentas, por supuesto, de una buena tajada). Su papel de villano sofisticado, pero a fin de cuentas temperamental, le sienta tan bien como los trajes que viste.

Un metraje, alerta a los navegantes, realizado en blanco y negro, hecho que incluso le favorece, jugando perfectamente con las sombras, o resaltando las bolas de billar con un reluciente blanco. Todo ello ayuda al espectador a deleitarse con su atmósfera.

En definitiva, una historia que, ya sea devorando palomitas o una página tras otra, la experiencia cuenta con todos los elementos para pasar un rato agradable, se prefiera la sonrisa y buen hacer de Newman o el fluido relato de Tevis.

 

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